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1 agosto 2010 7 01 /08 /agosto /2010 06:10

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  Foto:María González Rouco, Carlos San Miguel,

Irene Marks y su hija 

                                                                                                                       Roberto Goijman,Elena Eyheremendy,Irene Marks

 

  PALABRAS DE ELENA EYHEREMENDY EN LA PRESENTACIÓN DE ORIGEN REALIZADA EN LA BIBLIOTECA NACIONAL

 

Buenas noches a todos. Mi nombre es Elena Eyheremendy y hoy tengo el honor de acompañar a nuestra amiga, la poeta Irene Marks en la presentación de su libro ORIGEN .. Por eso quiero en primer lugar agradecer a la autora, esta prueba de confianza y afecto, / que me ha brindado además, como lectora, el placer de ahondar en textos sumamente originales, en los que la voz poética adopta tonos íntimamente consubstanciados con otras antiguas voces aquí evocadas con la fuerza resucitadora de la convicción y en pequeñas escenas de comunión íntima con la naturaleza.

 

Pero ya lo ha dicho Walter Benjamín a propósito de la obra de arte: “Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra (misma), su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra.”[1] Por eso convinimos con nuestra poeta, que mi participación sería breve, de modo de poder acordar más tiempo a la celebración de la palabra poética misma. Por otra parte, si pensamos que toda crítica puede ser considerada simplemente como una traducción, una interpretación a cargo de un lector dado, también podemos preguntarnos legítimamente con ese eximio hombre de letras que fue W. Benjamín, hasta qué punto el libro ORIGEN de Irene Marks habrá encontrado hoy y aquí al crítico o a la crítica que se merece.

 

En esta tarea me dejé llevar naturalmente –como en toda experiencia de lectura o de  escritura– por la brújula de la intuición y el instinto de aventura, que en gran parte conducen nuestros actos de leer o escribir. Comencé así por lo primero que aparece a la vista al tomar un libro entre las manos: ORIGEN, su título, anunciador como un angelus, nos retrotrae ya a tiempos arcanos, tal vez aquellos donde sólo era el logos, la Palabra, casi confundida, prácticamente indiscernible del acto creador. Y recordamos que la naturaleza era allí bienaventurada aunque muda, dado que sólo el hombre, su huésped, podía nombrarla. Recordamos además la inesperada ironía del Árbol del conocimiento en pleno Paraíso y la presencia  inquietante por lo autónoma y subversiva de la Serpiente.

 

Sí, Irene Marks se vuelve en este libro hacia el Origen pero lo hace –y cito palabras de la autora en el Prólogo– busca(ndo) revalorizar el significado de la vida en las sociedades primitivas”, en su mayoría destruidas por poderes económicos que las consideraban como una amenaza”. Es con ese fin entonces que nuestra poeta querría resucitar rituales perdidos, renovar experiencias que tuvieron lugar en los albores de otros grupos humanos, para quienes los elementos naturales eran sagrados e inseparables de la vida cotidiana: Este prólogo asoma así como bandera en prosa de un poemario; y en él la autora se vuelve sobre su propia escritura buscando su sentido más hondo, hurgando en su propio misterio. Y ya desde esta primera página, ella señala los lazos cortados con nuestro planeta, nuestra falta de contacto con la naturaleza, a la que contaminamos a mansalva con tal de transformarlo todo en oro o petrodólares.

Porque entre las reivindicaciones de nuestra poeta, la mujer de las cavernas, junto con celtas, mayas, incas o comechingones, se une a los cátaros, a los trovadores provenzales, al mito de la Atlántida, buscando cómo renovar aquella “conexión perdida” y recomendar caminos como la emoción y la memoria, que podrían promover la reincorporación de alguna voz “antigua e imprescindible”, resguardada para siempre en el hemisferio derecho –el “no utilitario”– de nuestro cerebro.

 

Muy fuerte es también en ORIGEN, otro gran tema anunciado igualmente en el Prólogo de la autora, donde como curioso dato encontramos que este libro ha sido escrito hace 25 años: Una simple cuenta de resta y damos con el año 1984: Para mi enorme sorpresa, en ese momento, hace 14 días, yo tenía en mis manos este libro escrito en 1984 por Irene Marks y sobre mi mesa de trabajo, esperándome, un ejemplar en inglés del libro homónimo de Orwell, que precisamente Irene me acababa de prestar un par de semanas antes. Y naturalmente no paran ahí las fiestas de coincidencias y contrastes:

 

Todos sabemos que Orwell, en su célebre novela de 1949, ubica la acción en una época a la sazón futura, 1984, buscando quizá pintar en un tiempo sin tiempo, la deshumanización que permanentemente acecha a nuestro mundo, el cual no cesa de dejarse fascinar una y otra vez por multifacéticas técnicas de control e ingerencia en la vida privada de las personas, técnicas de sometimiento y represión, utilizadas por las más crueles dictaduras y los totalitarismos más diversos. Incluso hoy, al tiempo que se nos llena la boca hablando de algún progreso en materia de derechos humanos, / a la manera del mejor Big Brother de Orwell, las grandes potencias siguen encontrando nuevos falaces incentivos para seguir promoviendo sus guerras, sin mosquearse ante el escandaloso flujo de miles de personas nomadizadas, emigrantes-desplazados-desarraigados que circulan por el mundo entero “en controlado tránsito” / pero de hecho abandonados a su suerte. Siempre a la espera, como Gogo y Didi de Esperando a Godot, en el marco de la bufonería siniestra y extenuada de ese Beckett de 1953. A la espera, repito, de la restitución de sus más elementales derechos avasallados, el derecho al alimento, al trabajo, a la vivienda, a ocupar un lugar en el mundo. Hoy, cuando más de medio siglo ha transcurrido tras la aparición de aquellas epifanías apocalípticas de Orwell y de Beckett o más recientemente La carretera de Cormac McCarthy, inmensas mayorías siguen siendo condenadas a vegetar en la miseria, con sus hijos y sus ancianos, a padecer en cárceles clandestinas, a pulular mendigando en las ciudades, procurando sobrevivir a tan descomunal intemperancia, a tanta temeraria avidez de ganancias. Ilegítimas –señala Irene Marks en su Prólogo– por haber sido conseguidas a expensas de la supervivencia de poblaciones indefensas, que siguen siendo despojadas dentro de un proceso universal de destrucción material y deterioro moral, cuyo programa parece incluir la absoluta depredación de nuestro planeta por el agotamiento de sus recursos. 

Justamente, en ORIGEN hay poemas como el titulado “El mundo de los túneles”, que abren la puerta de más contemporáneos Infiernos. Se trata de lugares subterráneos, inferiores donde la voz del poeta es el lazo, el testigo que ha visto ambos mundos. Allí se suceden imágenes de la falta del sol y del aire, de carencia de luz, de cielo. Sólo hay lágrimas, humo, negrura, alimañas y el eco de los gritos de los prisioneros. Aunque no falta la rudimentaria plegaria “a algo que llaman Luna” (estoy citando sus versos): “Madre, Madre, le dicen, envía una marea poderosa para quebrar los túneles.” Leo el último tramo (pág. 24).

 

Quiero señalar además aquí que yo he tenido mucha suerte en el reparto de dedicatorias: En el último poema, titulado “CALENDARIO – II”, mi epígrafe dice: “En materia de constelaciones / la única verdad es seguir buscando el nombre, Tejedora”, y sus protagonistas son náufragos en situación oscuramente precaria: Hay allí una idea de extravío, de perdimiento en lo temporal como en lo espiritual, una idea de encierro y de asfixia, por lo que al comienzo y al final del poema emergen “periscopios” con algo de orwellianos alzados por los sumergidos (cito) “(que) esper(an) la señal de la vida”.

 

Lo que dos veces me halaga es que los dos poemas que me han sido dedicados tienen un fuerte sentido social, un reclamo de mayor equidad y una más justa distribución de la riqueza. Leo el poema “MADRE TIERRA” (pág. 36-37), donde mi epígrafe dice: “Pero ¿por qué el hacha siempre roja cae sobre los mismos troncos?”.

 

La poesía de Irene Marks es –lo digo con sus propias palabras– un lanzarse dejando atrás toda atadura, un viaje cuyo camino no se conoce, pero que está marcado, puesto que en el momento de la escritura, no es el poeta quien decide, no es la vertiente racional de su cerebro. Así, la voz poética se identifica a veces con otras voces, dialoga con ellas, en ese desdoblamiento cismático que compartimos con los interlocutores que nos habitan, el otro ausente, aquel que mora en el mágico espejito, como una voz que arropa nuestra soledad.

 

Las mallas del poema se tejen aquí con la silvestre levedad de las danzas rituales, con la fuerza y el ritmo de sus repeticiones e invocaciones, con “el presagio del anillo de sangre”, cuando no con la dulzura de ese “ciervo dulcísimo sobre su corazón” (estoy citando elementos de “RAÍZ” y de “TROVADORES – IV”). Por supuesto no faltan en la marmita de nuestra hechicera, peces moribundos ni carne de buey negro. Porque en ésta como en toda genuina poesía “el ángel y el demonio se toman de la mano”. Pero girando en medio del torbellino que genera el poema, Irene Marks sostiene con firmeza la varita heredada sin duda del hada Morgana o alguna otra bondadosa sanadora amiga de Merlín o de sus propios ancestros irlandeses. Sin olvidar que entre las hadas y los brujos protectores de ORIGEN está la poeta Paulina Vinderman, alentando a la autora desde su hermosa contratapa.

 

Tal es la lana, tal el material de su tejido, con el cual y fiel a los principios surrealistas, Irene sueña y halla en lo onírico los metales preciosos de su canto, ella capta otros mundos e inventa su lenguaje, como en los poemas “EL LATIDO RITUAL“ y “ONGAMIRA: PALABRAS DE LA ROCA”. Irene capta otros zodíacos, otras constelaciones, y sabe cargarse de su energía mágica; luego se pone a soñar y nos habla con el acento extrañado de la premonición y la eficaz certeza de los hechiceros. Leo fragmentos de “TROVADORES – II” (pág. 43): “Lo que me asusta no es perder al trovador, sino perder el sueño / del trovador, sus melodías de tierras inconclusas”. Y más adelante “ oh ya no sé a quién amo si al real o al soñado que / habla con la voz grave de los primeros pétalos caídos, allí donde / aún conserva la dulzura su salvaje vertiente de tréboles al / perderse en la noche.” Y al final: “Mas no sé renunciar al arco iris de su sangre tendido sobre el cielo de almohadas que une al mundo, / ni a su nombre, saeta sin destino, pasajero del tiempo como las / maldiciones como las esperanzas.

 

La más inverosímil tarea del crítico no es por supuesto la de dar lo comunicable como al hablar de un Prólogo, sino dar aquello intangible que emana de esta escritura que, como dice nuestro querido y venerado Julio Cortázar, ”nos abre el misterio de lo que es mirado desde el otro lado de la realidad cotidiana”. Por eso termino citando de “TROVADORES – V” (pág. 48): “Pero tú no lo sabes, solamente el que viene detrás de ti conoce estas señales, / el que mueve las olas de la noche, / el que llegó flotando en la más alta cresta de la espuma, cuando surgió el diluvio para quitarme el fuego para quitarme el fuego.”

 

Posdata: Esperamos haber traído suficientes ejemplares del libro para que cada uno de Vds. pueda llevarse un ejemplar firmado por la autora.

 



[1]  (Discursos interrumpidos, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, versión abreviada

            en trad.  Francesa de P. Klossowski publicada en una revista en Paris en 1936, y en ediciones alemanas a

           partir de 1955) 

 

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Comentarios

irene marks 08/06/2010 14:08


Querida Elena: gracias por tus palabras y tu compañía en las presentaciones que hemos hecho. Sos una gran poeta y aguda analista y además una amiga muy querida. Besos Irene