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27 julio 2010 2 27 /07 /julio /2010 19:29

 

 

En este bandoneón poético Virginia Segret hace un uso muy adecuado del lenguaje, dando rienda suelta a un lirismo bien porteño, que  conserva el lunfardo tradicional y a la vez lo actualiza, lo vuelve moderno y parte de nuestra cotidianeidad. Ha de destacarse en la primera parte del libro el tono elegíaco con el que se pinta al puerto, al río, al arrabal, a los distintos lugares amados de la ciudad.

Muchos de los tangos asimismo llevan dedicatoria, pero no se trata de un simple nombrar al otro, sino que la persona nombrada forma parte intrínseca del tango, con toda la apelación afectiva que confiere el vocativo. Hay  tangos de infancia, plenos de ternura; tangos de adolescencia, donde hay una auténtica enumeración de las costumbres, ideas, y lugares frecuentados por nuestra “generación perdida” y finalmente los hay trágicos, con toda la fuerza del dolor universal volcado en vena rioplatense.

 

 Cabe decir además que el libro consta de dos partes y me reservo el comentario de la segunda parte para el final, donde adelanto que me referiré a los “Cachos”.

 

 

Es éste un libro musical, que comienza con una dedicatoria a Taio, joven bandoneonista, cuya foto de tapa sobre fondo rojo simboliza la pasión compartida de los músicos y los poetas. La repetición del verso “Tocame un tango, Taio”, se va abriendo en acordes-imágenes, en trinos donde la música y la poesía se confunden (“Un tango imposible””Un tango de sudestada en el río”). La belleza de las metáforas, su celebración, no les quita, sin embargo, el dolor de expresar una realidad difícil (“una inundación incesante””Llename de aluvión de tango, Taio”).

Las imágenes de la noche toman una doble dimensión, la dionisíaca (“el tuétano sangrante de los vinos”) y la del misterio (“el embrujo de esta noche descampadamente azul”) El misterio se reitera en la expresión del yo lírico que se nombra como “esta trashumante/acodada en el filo del iris de su gato”.

En otro poema, dedicado a su madre,  se señala al “suburbio entre malvones y magnolias foscatas/ y zanjones/ y ligustros y gansos y gallinas”, para contrastarlo con “aquel conventillo de la calle Reconquista”. Tejen una historia estos versos, la de la infancia, momento de tirar maíz  sacado de una bolsita a las palomas de la Plaza de los Dos Congresos en “aquel Buenos Aires con cinco años de corazón”, donde aún permanecen “esas cagaditas blancas /en el bronce verde del caballo”. También nos llega el recuerdo del sabor de los helados del barrio de San Cristóbal y la memoria del payaso Armán, perteneciente a la comparsa de su barrio .Y después, ya en la época de la juventud, cómo  olvidarlo, homenajea a los fideos de Pipo sobre su mantel de papel. Hay momentos de hondo lirismo, como en el Tango a la Casa de la calle Necochea 1115, La Boca, donde “se chifló la marea de las aguas/sucias de este Río de la Plata”. La desolación de los inundados se plasma en estos versos  con reminiscencias lorquianas, que se repiten con ligeras variaciones significativas a modo de estribillo.”Y yo / en tu balcón / mirando”. La avalancha de imágenes llega como el destino en este inundación hecha tango: “calor de febrero y sudestada/(…) harapos, jirones en carne viva /en el torrente de fango”

No se debe olvidar la invocación a la Musa, que llega de la mano del Tango de la Garufa (”y hay una Musa enredada en abejorros/ al pie del obelisco”). La Musa se describe luego con más detalle, es una Musa agridulce, que sabe mucho de la realidad (:”Va colifa la Musa por el mundo/convirtiendo las voces en campanas”(…) “Es una Musa, es una mina/pata en asfalto./Se moviliza”)

La Musa diríamos se alimenta del sentimiento, y también lo hallamos en la música del violoncello(“Es un ruego infinito, un beso trágico”) porque hay un viaje “en el lamento de la nota”., donde el tango es pura melancolía y sabemos que “Es otoño y hace frío. Y uno busca el corazón”(¿Habrá una definición más auténtica que ésta de la poesía?).

Además, está Stella, Stella que vive en Londres y con quien el yo lírico establece una vía unitiva, la de los dos ríos, el de la Plata y el Támesis:( “Pero ella ríe. Ríe/ desde una orilla de lluvia de sábado lluvioso/ con el olor del barro/ de sus dos ríos dulcemente dormidos” )en la simultaneidad de los tiempos (“(…)aquí también es sábado./Y está lloviendo”.) que hermana las distancias.

El dolor se refleja también en los tangos de este libro, el dolor desnudo (“perdida en su laberinto de vacío Mónica/la pradera insomne de sus ojos”), un dolor de imágenes certeras y altamente poéticas con el que podemos identificarnos, cuando se definen la soledad y la angustia (“Los ojos ovillados, sin huéspedes.”). Y agregamos también el dolor de la pérdida, por razones no explicitadas, y el recuerdo del esplendor de aquel amor (“Yo le daba mi pelo,/una marea revuelta de abrazos,/aletazos de jaguar,/Yo le dejaba en la boca / el intimo jardín de mis delicias”). La frescura al hablar del juego amoroso contrasta con la amargura del amor que ya no es (“Pena no haber podido escribir esta tarde/otro poema de amor”).

De tango en tango, vamos soñando hasta llegar al tango dedicado a Vincent  y a Raúl González Tuñón, unidos en el sentimiento del corazón tanguero ( “Yo conozco una media con un agujero/y a un muchacho bretón con zuecos de madera”).. El sentimiento, la sensibilidad profunda nos permite la unión de elementos aparentemente no relacionados. Así, vemos también  en el Tango para la mirada de Lian Qiang, el tema del desamparo del inmigrante (“De Taiwán,/sin su otoño y sin su luna/sin su casa, sin su nido./Golondrina/de Taiwán,/Lian Qiang.”)

 

Pero es en el Tango Del Ángel en las Heladas Aguas de la Espuma, donde se  desnuda el lirismo, (“No hay bandoneón que llore /esta tarde/por el ángel del Reino de la Espuma”).Interrogada la autora sobre este poema, me respondió que estaba dedicado a un amigo muerto. Sin embargo, esta información es irrelevante. Considero que está dedicado a todos los muertos amados. (“Sólo un crisantemo eterno /para la melodía/del latido apasionado de la Sombra”) y el vacío que su ausencia produce en el alma, que lo externo no parece registrar (”La ciudad no lamenta. / La ciudad no devuelve”) cuando por dentro nunca dejamos de tener presente al que añoramos. Sin embargo, “Es como un colibrí/que no se ve/el Tiempo” y nuestra percepción se modifica, como así también el recuerdo del ausente, que sabemos parte de la vida, como si se reciclara en la naturaleza (”las mariposas blancas que ya se despiertan”).

En Tango para la Dársena, hay un amor pleno de misterio, de ternura y sin futuro, como lo son los amores trágicos (“El puerto era un ramito de rosas en cemento”).Sin embargo tal vez el hecho de ser imposible vuelva más precioso ese amor: “Era tan brujo de río tu beso…”. Porque como lo dice el yo lírico profundamente mágico:”No hay amuleto más poderoso /que el perfume de una rosa esquiva”. Este tango conmueve hasta la médula porque tiene la música  profunda del amor desolado. Y finalmente, llega, está Ella, pintada en todo su esplendor, como acompañada de las notas de un tango de Piazzola , la Muerte, en ese Tango en Amarillo, donde las crines furiosas avanzan y la tarea es montarlo, “el más brioso, el más caballo, a campo abierto.”. Estos tangos como hemos visto, cumplen con su cometido de poner en pocas líneas toda la vida y la muerte.

 

En la segundad parte, en cambio,”Suite Rea para el Cacho que dejaste, menos mal”, hay un desagravio femenino, una denuncia de maltrato masculino, que contrasta con el eterno reproche  del tango hacia la mujer. Este Cacho “con olor a tetrabrick”, “un grande explotador”, no tuvo buen final (“Quedó cachuzo Cachito /cuando al final le eché flit”.). Hay gracia y picardía en los versos dedicados a Cacho, y se advierten las quejas de las mujeres que trabajan y cargan con todas las responsabilidades sin ayuda de su pareja. (“Salí a la calle, busqué conchabo,/compré la carne, las zapatillas,/pagué tus cuentas, el alquiler”). Esta Suite Rea fue inspirada en casos de la vida real con los que la autora tuvo contacto y aunque sea terrible, está escrita con un lenguaje cotidiano que nos incita a que estos versos picantes se nos graben en la memoria, mientras su lucidez nos provee de una sabiduría antigua: la de la escuela de la vida.

En síntesis, en este libro, las veta melancólica y nostálgica se une al sabor picaresco del tango y nos inunda de la luz de un Buenos Aires que reconocemos.

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