( Fotografìa de tapa: Beatriz Diment)
¡Qué reunión!
En esta reunión de ausentes, quienes nos ausentamos somos nosotros, partiendo
de la propuesta del autor, que nos introduce en otra realidad a través de un viaje
iniciático. Es ésta una travesía donde queda todo en suspenso y se produce un
cambio en la percepción de lo cotidiano, una entrada en lo hiperbólico,
tragicómico e irónico.
La sociedad cobra por ratos el aspecto amenazador de una organización kafkiana
contra la que se estrellan las frágiles ilusiones del Vigésimo Primero (“él pensaba
que esta vez lo aceptarían”), cuyos esfuerzos sobrehumanos acaban
despersonalizándolo. No debemos olvidar la crueldad de los hermanos Caramelo,
y su exigencia de que el actor deje de ser, con el fin de “encarnar” en
el personaje.
La caricaturización de la realidad se manifiesta en la paranoia generalizada y las
instrucciones apocalípticas del detective, generando un alarmismo en cadena. Lo
estructurado, lo material, se cuelan también en todos los rincones de la vida, en
ese “suma y resta”, como si las reglas de la sociedad llegaran hasta el alma y la
mataran, convirtiéndola en un debe y un haber, simple anotación de detalles
prácticos.
La malicia extrema del Dr. Asiso, o el protagonista de Aislamiento, que evita las
emociones por no poder controlarlas, o el miedo “que estimula la existencia”
de Josecito, el temeroso se unen a las fobias de Sinforoso, a quien “no le gusta
que lo rocen otros cuerpos”, o a las razones disparatadas de Costumbres seniles,
que cobran de pronto su propia lógica tozuda.
Así, lo estructurado, que se opone aparentemente al delirio, termina por fundirse
a éste con locura sinfónica, pese a los esfuerzos denodados del “pequeño”, tan
“hacendoso”, pero que sin embargo considera “chistoso” burlarse de la muerte.
Sólo nos queda decir, con María de las Nieves: “¡Espeluznante, gordo,
espeluznante!”, mientras atravesamos, con estas alocadas microficciones,
la galería incesante de personajes humanos, excesivamente humanos.
Irene Marks